Saltabadil.—Pues no hay otro medio de salvar á tu oficial.
Blanca.—¡Oh Dios! Sin duda queréis que yo muera. ¿Y he de hacer este sacrificio por un ingrato? ¡Oh! no; soy demasiado joven. ¡No me impulséis, Dios mío!
(Truena.)
Magdalena.—Si viene alguien en semejante noche, me obligo á traer el mar en mi canasta.
Saltabadil.—Pues si nadie viene, yo no puedo faltar á mi palabra: tu hombre es muerto.
Blanca.—¡Horror! Estoy por avisar á la ronda... Pero todos estarán durmiendo. Además ese hombre denunciaría á mi padre. No quiero morir: tengo que asistir y consolar á mi padre... luégo morir á los diez y seis años es horrible.
(Suenan las doce menos cuarto.)
Saltabadil.—Las doce menos cuarto, hermana. Nadie vendrá ya en tan breve espacio. ¿Oyes afuera algún ruido?... Hay que acabar: sólo me queda un cuarto de hora.
(Pone el pié en la escalera.)
Magdalena (Deteniéndole.)—Hermano, un momento más.