Saltabadil.—Habla más bajo, ó cállate. Es preciso que muera.
Magdalena.—No quiero que muera. Le despertaré y se pondrá en salvo.
Blanca.—¡Buen corazón!
Saltabadil.—Pero ¿y los diez escudos de oro?
Magdalena.—Es verdad.
Saltabadil.—No seas niña; cree y déjame hacer.
Magdalena.—Quiero salvarle.
(Se planta resueltamente al pié de la escalera para cerrar el paso á su hermano, el cual vencido por la resistencia, vuelve al proscenio y busca al parecer en su espíritu un medio de conciliarlo todo.)
Saltabadil.—Veamos. El otro vendrá á media noche á buscarme. Si de aquí á entonces, viene un viajero cualquiera á pedir posada, le mato y le meto en el saco en vez del militar. El jorobado no echará de ver el engaño en la oscuridad de la noche y se dará por satisfecho con echar al río un cuerpo muerto. Es cuanto puedo hacer por ti.
Magdalena.—Te lo agradezco. Pero ¿quién ha de venir acaso á estas horas?