D. Ruy.—¡Con qué gusto vería aquel veterano del trono ciñendo su corona á su ilustre nieto! ¡Ah! ¡Con vos hemos de llorar todos á aquel pío y máximo emperador!

D. Carlos.—El Padre Santo es hábil. ¿Qué es la Sicilia? Una isla que pende de mi reino, una pieza, un girón, que apenas conviene á España y á su lado se arrastra. «¿Qué harías, hijo mío, de esa isla, atada al cabo de un hilo? Tu imperio está mal hecho. Pronto, venid aquí. Unas tijeras y cortemos.» Gracias, Santísimo Padre, porque de esos girones, como tenga yo fortuna, he de coser más de uno al sacro imperio, y si otros me arrancaran, remendaría mis estados con islas y ducados.

D. Ruy.—Consolaos: hay otro reino de justicia, donde parecen los muertos más santos y augustos.

D. Carlos.—El rey Francisco I es un ambicioso. Muerto el viejo emperador, al punto ha puesto los ojos en el imperio. ¿No tiene á la Francia Cristianísima? ¡Ah! la herencia es pingüe y bien merece que le tenga apego. Decía al rey Luís el emperador mi abuelo: «Si yo fuera Dios Padre y tuviera dos hijos, haría Dios al primogénito y al segundo, rey de Francia.» ¿Crees que Francisco pueda tener algunas esperanzas?

D. Ruy.—Es un rey victorioso.

D. Carlos.—Sería preciso cambiarlo todo. La bula de oro prohibe elegir á un extranjero.

D. Ruy.—Según eso, señor, sois rey de España.

D. Carlos.—Soy ciudadano de Gante.

D. Ruy.—La última campaña ha ensalzado mucho al rey Francisco.

D. Carlos.—El águila que va á nacer en mi cimera puede también desplegar sus alas.