D. Ruy.—¿Entendéis el latín?

D. Carlos.—Mal.

D. Ruy.—Es lástima. La nobleza alemana gusta mucho de que le hablen en latín.

D. Carlos.—Ya se contentará con castellano altivo, pues, creedme á fe de Carlos, cuando la voz habla alto, poco importa la lengua que se habla. Ahora voy á Flandes, y es menester, mi querido Silva, que vuelva emperador. El rey de Francia va á removerlo todo; quiero anticiparme á él y partiré dentro de poco.

D. Ruy.—¿Nos dejáis, señor, sin purgar antes á Aragón de esos nuevos bandidos que al abrigo de sus montañas levantan sus audaces frentes?

D. Carlos.—Ya he dispuesto que el duque de Arcos acabe con ellos.

D. Ruy.—¿Dais también orden al capitán de la gavilla para que se deje exterminar?

D. Carlos.—¿Quién es ese bandolero? ¿Su nombre?

D. Ruy.—Lo ignoro; pero dicen que es audaz.

D. Carlos.—Yo sólo sé que por ahora está en Galicia y ya enviaré alguna fuerza para que dé cuenta de él.