TRILOGÍA CON UN PRÓLOGO DE SU AUTOR
Prólogo
En tiempo de Esquilo, la Tesalia era un lugar siniestro. Antiguamente existieron en ella gigantes, y había entonces fantasmas. El viajero que se arriesgaba á pasar Delfos allende y salvaba los vertiginosos bosques del monte Cnemis, creía ver por donde quiera, cerrada la noche, abrirse y fulgurar los ojos de los cíclopes sepultados en las lagunas del Esperquio; las tres mil llorosas oceánidas se le aparecían en tropel en el nublado cielo del Pindo; en los cien valles del Eta encontraba las profundas huellas y los horribles codos de los cien brazos de los hecatónquiros que en otro tiempo cayeron en sus rocas; contemplaba con religioso estupor la señal de las crispadas uñas de Encélado en el costado de Polión. No veía en el horizonte al inmenso Prometeo acostado, como una montaña en otra montaña, sobre cimas rodeadas de tempestades, porque los dioses le habían hecho invisible; pero al través del ramaje de las añosas encinas, llegaban á sus oídos los lamentos del coloso, y oía á intervalos los duros picotazos del monstruoso buitre en los sonoros granitos del monte Otris. Muy á menudo salía del monte Olimpo un rumor de trueno y en aquellos momentos veía el espantado viajero levantarse hacia el Norte, en los resquebrajados montes Cambunios, la deforme cabeza del gigante Hades, dios de las tinieblas interiores; al Oriente, más allá del monte Osa, oía mugir á Ceto, la mujer-ballena; y al Occidente, por encima del monte Calídromo, al través del mar de los Alciones, un viento lejano procedente de Sicilia le traía el horrísono ladrido de la vorágine Escila. Los geólogos no ven hoy en la trastornada y revuelta Tesalia, más que el sacudimiento de un terremoto y el paso de las aguas diluvianas; mas para Esquilo y sus contemporáneos, aquellas asoladas llanuras, aquellos descuajados bosques, aquellos peñascos arrancados y rotos, aquellos lagos trocados en pantanos, aquellas montañas derribadas é informes, eran algo más formidable aún que una tierra devastada por un diluvio ó removida por los volcanes; era el espantable campo de batalla donde los Titanes habían luchado contra Júpiter.
Lo que la fábula inventó, lo reproduce á las veces la historia. La ficción y la realidad suelen sorprender nuestro espíritu con los singulares paralelismos que en ellas descubre. Así,—á menos, sin embargo, que no se busquen en países y en hechos que pertenecen á la historia esas impresiones sobrenaturales, esas exageraciones quiméricas que los ojos de los visionarios prestan á los hechos puramente mitológicos; admitiendo el cuento y la leyenda, pero conservando el fondo de realidad humana que falta á las gigantescas máquinas de la antigua fábula;—hay en Europa hoy un paraje que, relativamente, es para nosotros, desde el punto de vista poético, lo que era la Tesalia para Esquilo, esto es, un campo de batalla memorable y prodigioso. Ya se adivinará que aludimos á las orillas del Rhin. Allí, en efecto, como en Tesalia, todo está herido del rayo, asolado, arrancado, destruído. No hay una roca que no sea una fortaleza, ni una fortaleza que no sea una ruina: el exterminio ha pasado por allí; pero este exterminio es de tal manera grande, que se conoce que el combate ha sido colosal. Allí, en efecto, seis siglos há, otros titanes lucharon contra otro Júpiter. Estos titanes son los burgraves; este Júpiter es el emperador de Alemania.
El que escribe estas líneas, y perdónesele que explique aquí su pensamiento, el cual ha sido por otra parte tan bien comprendido, que se limita hoy á repetir lo que otros han dicho antes y mucho mejor que él; el que escribe estas líneas había entrevisto, mucho tiempo há, lo que hay de nuevo, extraordinario y profundamente interesante para nosotros, pueblos nacidos de la Edad media, en la guerra de los titanes modernos, menos fantástica, pero tan grandiosa acaso como la guerra de los antiguos titanes. Los titanes son mitos; los burgraves son hombres. Hay un abismo entre nosotros y los titanes hijos de Urano y de Gea; no hay entre los burgraves y nosotros más que una serie de generaciones: nosotros, naciones ribereñas del Rhin, venimos de ellos, son nuestros padres. De aquí entre ellos y nosotros aquella cohesión íntima, aunque lejana, que hace que, admirándolos porque son grandes, los comprendamos porque son reales. Así, la realidad que despierta el interés, la grandeza que da la poesía, la novedad que apasiona á la multitud son las fases del triple aspecto bajo el cual podía ofrecerse á la imaginación de un poeta la lucha de los burgraves contra el emperador.