El autor de estas páginas estaba ya preocupado de este gran asunto, que de mucho tiempo atrás, como hemos dicho, solicitaba interiormente su pensamiento, cuando una casualidad le condujo, hace algunos años, á las orillas del Rhin. La parte del público que tiene á bien seguir sus trabajos con algún interés, habrá acaso leído el libro intitulado El Rhin, y sabrá por consiguiente que este viaje de un oscuro pasajero no fué más que un largo y fantástico paseo de anticuario y soñador.
Sin dificultad puede adivinarse la vida que hacía el autor en aquellos parajes, poblados de recuerdos. Vivía allí más bien entre las piedras del tiempo pasado que entre los hombres del tiempo presente. Todos los días, con aquella pasión que comprenderán los arqueólogos y los poetas, estudiaba algún antiguo edificio arruinado; iba y venía, trepaba á las montañas y á las ruinas, rompía los espinos con los piés, apartaba con la mano las cortinas de yedra, escalaba los ruinosos muros, y allí, solo, pensativo, olvidándolo todo, entre pájaros parleros, y á los rayos del sol matinal, sentado en algún basalto enmohecido, ó bien hundido hasta las rodillas en las altas yerbas cubiertas de rocío, descifraba una inscripción romana ó medía el vuelo de una ojiva, mientras la vegetación de las ruinas alegremente movida por el viento sobre su cabeza, derramaba una lluvia de flores. Á las veces, por la tarde, en el momento en que el crepúsculo robaba su forma á las colinas y daba al Rhin la siniestra blancura del acero, tomaba el sendero de la montaña, cortado á trechos por alguna escalera de lava y pizarra y subía hasta el desmantelado burgo. Solo allí, como por la mañana, más solo si cabe (porque ningún cabrero se hubiera atrevido á andar por aquellos vericuetos á horas en que todas las supersticiones son pavorosas), perdido en la oscuridad, se dejaba llevar de aquella profunda tristeza que se desliza en el alma, cuando á la caída de la tarde se halla uno en alguna altura desierta entre las estrellas de Dios que se encienden espléndidamente sobre nuestras cabezas, y las pobres estrellas del hombre, que se encienden también en las míseras cabañas desparramadas á nuestros piés. Luégo, pasaban las horas, y más de una vez dieron las doce de la noche en todos los campanarios del valle, y él estaba aún allí, de pié en alguna brecha del castillo, pensando, mirando, examinando la actitud de la ruina, estudiando, testigo importuno acaso, lo que la naturaleza hace en la soledad y en las tinieblas; escuchando, en medio del hormigueo de los animales noctívagos, todos esos rumores singulares de que la leyenda ha hecho voces; contemplando en el ángulo de las salas y en la profundidad de los corredores todas esas formas vagamente dibujadas por la luna y por la sombra de que ha hecho espectros la leyenda. Como se ve, sus días como sus noches estaban llenos de la misma idea, y procuraba arrebatar á las ruinas cuánto podían enseñar á un pensador.
Fácilmente se comprenderá que en medio de sus contemplaciones y melancolías se representaran en su espíritu los burgraves. Lo repetimos, lo que hemos dicho de la Tesalia al principio puede decirse del Rhin: en otro tiempo tuvo gigantes; hoy tiene fantasmas, y estos fantasmas se le aparecieron al autor. De los castillos que hay en las colinas, pasaron sus meditaciones á los castellanos que viven en la crónica, en la leyenda y en la historia. Tenía á la vista los edificios y hubo de figurarse á los hombres: por la concha se puede conocer el molusco; por la casa el habitante. ¡Y qué casas los burgos del Rhin, y qué habitantes los burgraves!... Aquellos grandes caballeros tenían tres armaduras: la primera era de valor, era el corazón; la segunda, de acero, era su vestido; la tercera, de granito, era su fortaleza.
Un día, después de visitar el autor las derruídas ciudadelas que erizan el Wisperthal, dijo para sí que había llegado el momento; díjose, sin olvidar lo poco que es y lo poco que vale, que de aquel viaje había de sacar una obra, que de aquella poesía había de salir un poema. La idea que le vino en mientes no carecía de cierta grandeza, según cree. Hela aquí pues:
Reconstruir con el pensamiento en toda su amplitud y en todo su poder uno de aquellos castillos en que los burgraves, iguales á los príncipes, vivían una vida casi real. «En los siglos XII y XIII, dice Kohlrausch, el título de burgrave iba en categoría inmediatamente después del título de rey[6].» Presentar en el burgo las tres cosas que contenía: una fortaleza, un palacio, una caverna; en este burgo, así abierto en toda su realidad á la sorprendida vista del espectador, instalar y hacer vivir juntas y de frente cuatro generaciones, el abuelo, el padre, el hijo y el nieto; hacer de toda esta familia como el símbolo palpitante y completo de la expiación; poner sobre la cabeza del abuelo el crimen de Caín, en el corazón del padre los instintos de Nemrod, en el alma del hijo los vicios de Sardanápalo, y dejar entrever que el nieto pudiera muy bien un día cometer el crimen por pasión á la vez como su bisabuelo, por ferocidad como su abuelo y por corrupción como su padre; presentar al abuelo sumiso á Dios, y el padre al abuelo; levantar al primero con el arrepentimiento, y al segundo con la piedad filial, de modo que el abuelo pueda ser augusto, y el padre grande, mientras las dos generaciones que les siguen, amenguadas por sus crecientes vicios, van hundiéndose más y más en las tinieblas; poner de esta manera delante de todos la inmensa escala moral de la degradación de las razas, que debiera ser el ejemplo vivo eternamente expuesto á la vista de todos los hombres, y que no ha sido hasta aquí entrevisto desgraciadamente sino por los soñadores y poetas; dar forma á esta lección de los sabios, hacer de esta abstracción filosófica una realidad palpable, interesante, útil; he aquí la primera parte y, por decirlo así, la primera fase de la idea que le ocurriera. Por lo demás, no se le suponga la presunción de exponer en estas líneas lo que cree haber hecho; limítase á explicar lo que ha querido hacer. Dicho esto de una vez para siempre, continuemos.
[6] Tomo I. Época 4.ª. Casa de Suabia.
En semejante familia, así expuesta á todas las miradas, deben intervenir, para que la enseñanza sea completa, dos grandes y misteriosos poderes, la fatalidad y la providencia: la fatalidad que puede castigar, la providencia que puede perdonar. Cuando la idea que acaba de desenvolver ocurrió al autor, pensó desde luego que esta doble intervención era necesaria para la moralidad de la obra. Pensó que era menester que en aquel palacio lúgubre, inexpugnable y omnipotente, poblado de hombres de guerra, rebosando de príncipes y soldados, se viera errante entre las orgías de la gente moza y las negras melancolías de los ancianos, la gran figura de la servidumbre; que era preciso que esta figura fuera una mujer, porque sólo la mujer, manchada de cuerpo y alma, puede representar la esclavitud completa; y, en fin, que era necesario que esta mujer, que esta esclava, vieja, lívida, encadenada, salvaje, como la naturaleza que sin cesar contempla, fiera como la venganza que día y noche medita, teniendo en el corazón la pasión de las tinieblas, esto es, el odio, y en el espíritu la ciencia de las tinieblas, es decir, la magia, personificara la Fatalidad. Pensó por otra parte que, si era necesario que se viera la servidumbre arrastrada á los piés de los burgraves, lo era también que brillara por encima de ellos la soberanía; que era asimismo necesario que en medio de aquellos príncipes bandidos, apareciera un emperador; que en una obra de este género, si el poeta, para pintar una época, tenía el derecho de tomar de la historia lo que la historia enseña, tenía igualmente, para mover sus personajes, el de emplear lo que la leyenda autoriza: que sería bueno acaso despertar por un momento y hacer salir de las misteriosas profundidades en que está sepultado el glorioso Mesías militar que aún está esperando Alemania, el héroe imperial de Kaiserslautern, el Júpiter del siglo XII, Federico Barbaroja. Pensó, en fin, que quizá hubiera alguna grandeza en que, mientras una esclava representaba la Fatalidad, un emperador personificara la Providencia. Estas ideas germinaron en su espíritu y pensó que disponiendo de esta suerte las figuras que habían de encarnar su pensamiento, podría en el desenlace, grande y moral conclusión, en su sentir á lo menos, hacer que la Fatalidad fuera aniquilada por la Providencia, la esclava por el emperador, el odio por el perdón.
Como en toda obra, por sombría que sea, ha de haber un rayo de luz, es decir, amor, todavía pensó que no era bastante bosquejar el contraste de los padres y de los hijos, la lucha de los burgraves y del emperador, el encuentro de la Fatalidad y la Providencia; que era menester también pintar dos corazones que se amaran, y que una pareja casta y llena de abnegación, puesta en el centro de la obra, irradiando al través de todo el drama, debía ser el alma de la acción dramática.
Porque esto es, en nuestro concepto, una condición suprema. Como quiera que sea el drama, ahora contenga una leyenda, ahora una historia ó un poema, preciso es ante todo que contenga la naturaleza y la humanidad. Haced, si queréis, porque es derecho soberano del poeta, haced que anden estatuas en vuestros dramas, haced que se arrastren en ellos hasta tigres; pero entre estas estatuas y estos tigres poned hombres. Inspiraos en el terror, pero inspiraos también en la piedad. Bajo estas garras de acero, bajo estos piés de piedra, triturad el corazón humano.
Con esto, la historia, la leyenda, el cuento, la realidad, la naturaleza, la familia, el amor, las costumbres ingenuas, las fisonomías salvajes, los príncipes, los soldados, los aventureros, los reyes, patriarcas como en la Biblia, cazadores de hombres como en Homero, titanes como en Esquilo, todo se ofrecía á la vez á la deslumbrada imaginación del autor en el vasto cuadro que había que pintar, y se sentía irresistiblemente arrastrado hacia la obra que meditaba, deplorando sólo que tan grande asunto no hubiera encontrado un gran poeta. Porque había aquí de cierto propicia ocasión para una creación majestuosa; con semejante asunto se podía mezclar á la pintura de una familia feudal la de una sociedad heróica, tocar á la vez con ambas manos en lo sublime y en lo patético, comenzar por la epopeya y concluir por el drama.