Después de haber bosquejado este poema en su pensamiento, como acaba de indicarlo y teniendo siempre á la vista su inferioridad subjetiva, hubo de pensar el autor en la forma que había de darle. En su opinión, el poema debe tener la misma forma del asunto. La regla: Neve minor, neu sit quinto, etc., no tiene á sus ojos sino un valor relativo. Los griegos no tenían idea de ello, y las más imponentes obras maestras de la tragedia propiamente dicha están fuera de esta supuesta ley. La verdadera ley es ésta: toda obra de ingenio ha de nacer con el corte particular y las divisiones especiales que lógicamente le da la idea que él mismo encierra. Aquí, lo que el autor quería pintar y poner en el punto culminante de su obra, entre Barbaroja y Guanhumara, entre la Providencia y la Fatalidad, era el alma del antiguo burgrave centenario Job el Maldito, aquella alma que ya á las puertas del sepulcro, no mezcla con su incurable melancolía más que un triple sentimiento: la casa, la Alemania, la familia. Estos tres sentimientos daban á la obra su división natural. El autor resolvió, pues, dividir su drama en tres partes. Y, en efecto, si se quieren reemplazar por un momento en la mente los títulos actuales de estos tres actos, los cuales no expresan más que el hecho exterior, con títulos más metafísicos que revelen el pensamiento interior, se verá que cada una de estas tres partes corresponde á uno de los tres sentimientos fundamentales del antiguo caballero alemán: la casa, la Alemania, la familia. La primera parte podría intitularse la Hospitalidad, la segunda la Patria, y la tercera la Paternidad.
Una vez resuelta la división y forma del drama, propúsose el autor escribir en la portada de la obra, cuando estuviera concluída, la palabra trilogía. Aquí, como en cualquiera otra parte, trilogía significa única y esencialmente poema en tres cantos, ó drama en tres actos. Al emplearla sólo quería el autor despertar un gran recuerdo, glorificar, en cuanto estaba de su parte, con este tácito homenaje, al antiguo poeta de la Orestiada, que desconocido de sus contemporáneos, decía con altiva tristeza: Yo consagro mis obras al tiempo; y también acaso indicar al público con esta referencia, bien temible por otra parte, que lo que el grande Esquilo había hecho por los titanes, se atrevía él, poeta por desgracia muy inferior á tan grandioso empeño, hacerlo ó procurarlo por los burgraves.
Por lo demás, el público y la prensa (la voz del público) han tenido generosamente en cuenta, no el talento, sino la intención. Todos los días esa multitud inteligente y simpática que de tan buena voluntad concurre al glorioso teatro de Corneille y de Molière, va á buscar en esta obra, no lo que el autor ha puesto en ella, sino lo que á lo menos ha intentado poner. Está orgulloso de la atención persistente y seria de que el público tiene á bien rodear sus trabajos, por insuficientes que sean, y sin repetir aquí lo que ha dicho ya en otra parte, comprende que esta atención está para él llena de responsabilidad. Hacer constantes esfuerzos por lo grande, dar á los espíritus lo verdadero, á las almas lo bello, el amor á los corazones, no ofrecer nunca á las multitudes un espectáculo que no sea una idea: he aquí lo que el poeta debe al pueblo. La misma comedia, cuando se mezcla con el drama, debe contener una lección y tener su filosofía. En nuestros días el pueblo es grande, y para ser comprendido de él debe el poeta ser sincero. Nada está más cerca de lo grande que lo honrado.
El teatro debe hacer del pensamiento el pan de la multitud.
Una palabra más para concluir. Los Burgraves no son, como han creído algunas personas, excelentes por otra parte, una obra de pura fantasía, el producto de un caprichoso arranque de la imaginación. Lejos de esto: si una obra tan incompleta valiera la pena de ser discutida desde este punto de vista, se sorprenderían acaso muchas personas al saber que en el pensamiento del autor ha habido otra cosa muy distinta de un capricho de la imaginación en la elección de este asunto, como en todos los que hasta el día ha elegido, si se le permite decirlo. En efecto, existe hoy una nacionalidad europea, como había en tiempo de Esquilo, Sófocles y Eurípides una nacionalidad griega. El grupo íntegro de la civilización, cualquiera que fuese y cualquiera que sea, ha sido siempre la patria del poeta. Para Esquilo era Grecia, para Virgilio el mundo romano, para nosotros es la Europa. Allí donde está la luz se siente la inteligencia en su centro y su centro está allí. Así, pues, guardando la necesaria proporción, y suponiendo que sea permitido comparar lo que de suyo es pequeño con lo que es grande esencialmente; si refiriendo Esquilo la lucha de los Titanes, hacía en otro tiempo para la Grecia una obra nacional, el poeta que refiere la lucha de los Burgraves hace hoy para Europa una obra igualmente nacional, en el mismo sentido y con la misma significación. Cualesquiera que sean las antipatías momentáneas y los celos de fronteras, todas las naciones cultas pertenecen al mismo centro y están indisolublemente ligadas entre sí por una profunda y secreta unidad. La civilización nos concede á todos unas mismas entrañas, el mismo espíritu, la misma tendencia, el mismo porvenir. Fuera de esto, Francia, que presta á la civilización misma su lengua universal y su soberana iniciativa; Francia, aun cuando nos unimos á Europa en una especie de grande nacionalidad, no deja de ser nuestra primera patria, como Atenas era la primera patria de Esquilo y de Sófocles. Estos eran atenienses como nosotros somos franceses, y nosotros somos europeos como ellos eran griegos.
Esto merece la pena de ser desarrollado, y el autor acaso lo haga un día. Cuando lo haya hecho, se comprenderá mejor el conjunto de las obras que ha producido hasta aquí, se abarcará su pensamiento y se comprenderá su cohesión. Entre tanto, lo dice y se complace en repetirlo, la civilización entera es la patria del poeta. Esta patria no tiene otra frontera que la línea sombría y fatal en que comienza la barbarie.
Esperemos que algún día el globo entero será civilizado, y á todos los puntos de la mansión humana habrá llegado la luz; entonces se habrá cumplido el magnífico ensueño de la inteligencia: tener por patria el mundo y por nación la humanidad.
25 de Marzo de 1843.
Los Burgraves