Swan (á Josio).—¿Se encontró su cuerpo en el Cidno?

Josio.—No; lo arrastró la corriente.

Teudon.—Swan, ¿tienes tú idea de la predicción que se hizo á su nacimiento: «Este niño cuya ley acatará el mundo un día, se tendrá por muerto dos veces y dos veces resucitará»? Ahora bien, dígase lo que se quiera, parece haberse cumplido una vez.

Herman.—Barbaroja ha dado asunto á cien cuentos.

Teudon.—Yo digo lo que sé. Hacia el año noventa, ví en el hospital de Praga, en una casamata, á un tal Sfrondati, caballero dálmata, muy viejo, que había perdido el juicio, según decían. Aquel hombre refería en voz alta en su prisión, que siendo joven había sido caballerizo del gran Federico, padre de Barbaroja. Al duque hubo de consternarle la predicción. Fuera de esto, el niño crecía para una doble guerra, como quiera que, gibelino por su padre y güelfo por su madre, ambos partidos podían reclamarlo un día. El padre le educó al principio en una torre, lejos de la vista de todos, teniéndolo como invisible, como para ocultarlo á la suerte cuanto pudiera. Más tarde, todavía hubo de buscarle otro abrigo. Había tenido un bastardo de una dama nobilísima, el cual nacido en el monte ignoraba que su padre fuera el duque de Suabia, conociéndolo sólo por el nombre de Otón. El bueno del duque le mantenía en este error temiendo que el bastardo aspirara un día al principado y se alzara con alguna provincia. El bastardo tenía por su madre, muy cerca del Rhin, un burgo de que era señor feudal, un castillo de bandido, un nido de águilas, una madriguera, en fin. El asilo hubo de parecer de perlas al padre y fué á ver al burgrave y le confió el niño bajo un nombre supuesto diciéndole solamente: «Hijo mío, este es hermano tuyo.» Y luégo partió.—Á su suerte no puede sustraerse nadie. Ciertamente, el duque creía á su hijo y su secreto á buen recaudo, tanto más cuanto que el niño se desconocía á sí mismo. Así llegó el joven Barbaroja á la edad de veinte años bajo el techo del burgrave. Y sucedió, aquí viene lo importante, que un día, en medio de un jaral, al pié de una roca y á orillas del torrente que lamía los cimientos del castillo, unos pastores que al amanecer pasaban por allí encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos, que palpitaban todavía; ambos habían sido apuñalados sordamente en el castillo y arrojados al torrente, al abismo, á las tinieblas; pero no estaban muertos. Fué un milagro sin duda, y aquellos dos hombres milagrosamente salvados eran Barbaroja y su compañero, aquel mismo Sfrondati, el único que sabía su nombre. Los curaron á los dos, y después, con gran misterio, llevó Sfrondati el joven príncipe al padre, el cual en recompensa prendió al escudero. El duque retuvo á su hijo, y sólo se cuidó de echar tierra al asunto. Pero no volvió á ver al bastardo. Cuando se sintió próximo á la muerte, llamó el padre á su hijo y le hizo besar de rodillas un Cristo, y Barbaroja juró solemnemente no tomar venganza de su hermano, sino el día en que éste cumpliera cien años, esto es, nunca. De manera que el bastardo morirá sin saber que su padre era duque y su hermano emperador. Sfrondati se ponía pálido y tembloroso de espanto, cuando se quería ahondar en este secreto de familia. Los dos hermanos amaban á la misma joven: el mayor se creyó agraviado, mató al otro y vendió la joven á no sé qué fiero bandido que atándola al yugo sin piedad como á un hombre, la condenó al remo en las galeras que van de Ostia á Roma. ¡Qué destino!—Sfrondati decía: ¡Todo se olvidó! Por lo demás lo había visto y sentido todo. Pero nada flotaba ya en las sombras de su alma; ni el nombre del bastardo, ni el de la mujer; no sabía cómo ni dónde habían ocurrido las cosas. En Praga ví á este hombre encerrado como un loco; pero el pobre ha muerto ya.

...unos pastores, que al amanecer pasaban por allí, encontraron dos cuerpos ensangrentados y desnudos...

Herman.—¿Y qué concluyes de ahí?

Teudon.—Concluyo que si todos estos hechos son ciertos, la predicción merece fe; porque, en fin, esa esperanza no es infundada; cumplida ya una vez, bien puede cumplirse otra. Barbaroja en sus primeros años fué tenido por muerto y resucitó... ¿No podría resucitar otra vez?

Herman (riendo).—En hora buena: espéralo de pié.