Kunz (á Teudon).—Ya me habían contado á mí ese cuento. En aquel castillo tenía Federico Barbaroja el nombre de Donato, y el bastardo se llamaba Fosco. Por lo que hace á la hembra, era corsa, si no me es infiel la memoria. Los amantes se ocultaban en una cueva, cuya desconocida entrada era su secreto... Allí fué donde Fosco con mano celosa y atrevida hubo de sorprenderlos, acabando en tragedia el idilio.

Gondicario.—Si creyera una palabra de ese cuento, sentiría por la gloria de Federico que al llegar al trono imperial, no hubiera buscado á la mujer que amara.

Teudon.—No lo sientas, amigo, porque la buscó, aunque en vano. Espacio de treinta años anduvo registrando las madrigueras del Rhin. El bastardo abandonó su burgo para servir en Bretaña, y no volvió hasta mucho tiempo después. El emperador recorrió montes y bosques, sitió los castillos, destruyó á los burgraves; pero no la encontró.

Gondicario (á Josio).—¿Érais vos de los buenos? ¿Peleasteis contra aquellos descreídos, si recordáis?

Josio.—¡Guerras de gigantes! Los burgraves se prestaban mutua ayuda, y era preciso ganar el terreno palmo á palmo y sostener un combate en cada muro, en cada puerta. Arriba, abajo, acribillados de golpes y bañados en sangre, peleaban los barones, y soltando ruidosas carcajadas bajo sus horrendas máscaras, dejaban correr sobre sus cascos el aceite y el plomo derretido. Era preciso cercar afuera, combatir dentro, herir con la espada y morder con los dientes. ¡Qué asaltos! Á las veces, tomado por fin un castillo entre el humo, el polvo y las sombras, se derrumbaba sobre el ejército imperial. En aquellas guerras fué donde un día Barbaroja, enmascarado, pero con la corona en la frente, solo, al pié de un muro, luchó contra un bandido que forzado en su albergue, le quemó el brazo derecho con un hierro candente. De tal manera, que dijo el emperador al conde de Arau: «Yo le devolveré la marca por mano del verdugo.»

Gondicario.—¿Y cogieron al bandido?

Josio.—No, que se abrió paso; su visera impidió verle el rostro, y el emperador conservó la marca en el brazo.

Teudon (á Swan).—Yo creo que Barbaroja vive: ya lo verás.

Josio.—Yo estoy cierto de que murió.

Cinulfo.—Pero ¿y el conde Max?