Gerardo.—¡Parece que está enferma!
Hatto.—No es nada.
Giannilaro (bajo á Gerardo).—Se está muriendo.
(Entra un capitán.)
Capitán (bajo á Hatto).—Mañana han de pasar por aquí unos mercaderes.
Hatto (alto).—¡Pues acechadlos! (Sale el capitán. Hatto continúa volviéndose á los príncipes.) Mi padre hubiera ido allá; yo me quedo aquí. En otro tiempo se guerreaba; ahora nos divertimos; antes imperaba la fuerza, ahora la astucia. El pasajero me maldecía, diciendo: «Hatto y sus hermanos causan terror en ese sombrío castillo, palacio misterioso rodeado de tempestades. Á los margraves y duques da festines Hatto y hace que los príncipes convidados sean servidos por príncipes cautivos.» Enhorabuena: la suerte es excelente. Me temen, me envidian, me maldicen y yo me río. Mi castillo lo arrostra todo. De la vida, hasta la hora de Satanás, hago yo un paraíso. ¡Como un cazador sus perros, suelto yo mis bandidos y vivo tan contento! Es bella mi futura, ¿eh? Á propósito, ¿no te casas tú con la condesa Isabel?
Gerardo.—No.
Hatto.—Pues tú le tomaste su ciudad el año último prometiéndole tu mano de esposo.
Gerardo.—No recuerdo... (Riendo.) ¡Ah! sí; me lo hicieron jurar por los Evangelios y... nada más. Dejo en libertad á la dama y conservo la ciudad. (Ríe.)
Hatto (Riendo.)—Y ¿qué dice á eso la dieta?