Lupo.—El viento silba en los agujeros de su capa.
Gorlois.—Parece que pide hospitalidad en el castillo.
Gilisa.—Algún mendigo.
Cadwalla.—Ó algún espía.
Darío.—¡Cuidado!
Hatto (en la ventana).—Echadme lejos de aquí á pedradas á ese miserable.
Lupo, Gorlois y los pajes (tirando piedras).—Afuera, perro, afuera.
Magno (Como despertándose.)—¡Dios poderoso! ¡En qué tiempos vivimos! ¡Se echa y apedrea á un anciano que suplica! (Encarándose con todos.) En mi tiempo teníamos también nuestras locuras, nuestros festines y canciones. Éramos al fin jóvenes. Pero cuando un anciano vencido por la edad y por el hambre, venía á tender su yerta mano en medio de un banquete, cesaba el vaniloquio y luégo al punto se le daba una buena moneda y un buen vaso de vino. Después volvíamos á nuestro júbilo, porque el anciano seguía confortado y alegre su camino. Por lo que hacíamos nosotros, juzgad de lo que vosotros hacéis.
Job (enderezándose y tocando á Magno en el hombro).—Callad, joven. En mi tiempo, cuando bebíamos en nuestros festines cantando más recio que vosotros al rededor de un buey entero puesto en una fuente de oro, si sucedía que un anciano pasaba por la puerta, pobre, andrajoso y suplicante, iba á buscarlo una escolta. Luégo que entraba, se tocaban los clarines, se levantaban los barones, los mozos se inclinaban sin hablar, sin cantar, sin sonreir siquiera, así fueran príncipes del sacro Imperio; y los ancianos tendían la mano al desconocido diciéndole: «¡Señor, bien venido seáis!» (Á Gorlois.) Vé á buscar al forastero.
Hatto (inclinándose).—Pero...