Job.—¡Silencio!

Gerardo.—Excelencia...

Job.—¿Quién se atreve á hablar, cuando yo he dicho «¡silencio!»? (Todos retroceden y callan. Gorlois obedece.)

Otberto (aparte).—¡Bien, conde! ¡Oh viejo león! contempla con asombro á estos odiosos tigres que descienden de ti; pero si al fin te hacen algún agravio, sacude tu melena y estremézcanse todos.

Gorlois (volviendo).—Señor, ya sube.

Job (á los príncipes que permanecen sentados).—¡De pié! (Á sus hijos.) ¡Á mi lado! (Á Gorlois.) ¡Aquí! (Á los heraldos y trompetas.) Tocad como si entrara un rey.

(Entra por la puerta del fondo un mendigo casi tan viejo como el conde Job; su blanca barba le llega á la cintura. Viste túnica parda con capucha y una capa también parda y derrotada. Trae descubierta la cabeza, un rosario pendiente de la cuerda con que se ciñe, y calzado de cáñamo, sin medias. Detiénese en el fondo apoyado en su nudoso báculo. Los partesaneros le saludan y suenan de nuevo los clarines. Guanhumara aparece en el piso superior y asiste á la escena.)

ESCENA VII