Otberto (con júbilo).—¡Regina! ¿Es posible? ¿Sois vos?
Regina.—¡Otberto! ¡Ya vivo, ya hablo, ya respiro! Ya no padezco ni me derrito, soy feliz y os pertenezco.
Otberto (contemplándola).—¡Oh dicha!
Regina.—Esta noche he dormido y no he tenido fiebre. Si hablaba, sólo vuestro nombre entreabría mis labios. ¡Qué sueño tan dulce! Cuando la luz del sol me ha despertado, me pareció que nacía á nueva vida. Los alegres pajarillos cantaban en mi ventana, las flores se abrían enviando al cielo sus aromas, yo me sentía llena de júbilo, y buscaba con la vista lo que me enviaba un aliento tan puro y llenaba mi alma de tan dulces armonías, y arrasados de lágrimas los ojos decía para mí: «Yo soy el canto de los pájaros, y el aroma de las flores, yo.» Otberto, Otberto mío, te amo. (Se echa en sus brazos sacándose del seno el pomo.) Este licor es la vida. Tú me has dado la salud, tú me has arrancado á la muerte. Ahora defiéndeme de Hatto.
Otberto.—¡Regina, hermosa mía! ¡Oh! yo sabré acabar mi obra. Pero no me admires; yo no tengo valor, no tengo virtud; sólo tengo amor. Vives tú y veo ya nueva luz; vives, y siento en mí como una nueva alma. Pero mírame. ¡Dios mío! ¡qué hermosa está! ¿No padeces?... ¿de veras?
Regina.—Nada absolutamente: estoy ya buena.
Otberto.—¡Bendito seáis, Dios mío!
Regina.—¡Bendito tú también, Otberto! (Permanecen abrazados y en silencio. Luégo y de pronto se desase Regina y dice:) ¡Ah! El buen conde Job me está esperando. Bien mío, adiós. Sólo quería decirte que te amo.
Otberto.—¿Volverás?
Regina.—Muy luégo.