Guanhumara.—No hay sino seguirle.

Otberto.—En buen hora.

(Guanhumara le arrebata el puñal y mirándole con ojos fulgurantes exclama:)

Guanhumara.—¡Oh Cielos! ¡oh profundidades sagradas! ¡triste serenidad de las azules bóvedas! ¡Oh noche cuya tristeza tiene tanta majestad! Y tú, que en mi largo destierro me acompañaste siempre, vieja argolla de mi cadena, sedme testigos. Y vosotros, muros, torres, encinas que derramáis sombras sobre los pasos del viajero, oídme: ¡Yo, yo condeno á morir bajo este cuchillo vengador á Fosco, barón de los bosques, de las rocas y de los llanos; sombrío como tú, noche; viejo como vosotras, encinas!

Otberto.—¿Quién es Fosco?

Guanhumara.—El que ha de morir por tu mano. (Le devuelve el puñal.) Hasta media noche.

(Sale por la galería del fondo sin ver á Job ni á Regina que entran por el lado opuesto.)

Otberto.—¡Cielos!

ESCENA IV

OTBERTO, REGINA, JOB