Job.—Hijos, quiero estrecharos á los dos entre mis brazos. (Á Otberto.) Tu mirada es sincera; se reconoce en ti al caballero fiel á su palabra, como el águila al sol, como el acero al imán... Todo lo que este mozo ofrece, eso cumple. (Á Regina.) ¿No es verdad?
Regina.—Le debo la vida.
Job.—Antes de mi caída, era yo como él: grave, puro, casto y bien templado como una virgen, como una espada. (Va á la ventana.) ¡Ah! Este aire es grato, el cielo sonríe y el sol alienta. (Volviendo.) Regina mía, este noble semblante (Indicando á Otberto) me recuerda á un niño... mi último hijo. Cuando Dios me lo dió, me creí perdonado. Pronto hará veinte años. Un hijo en mi vejez. ¡Qué dón del cielo! Sin cesar iba á su cuna y hasta cuando estaba durmiendo le hablaba muchas veces, porque los viejos nos volvemos niños. Por la noche le sentaba en mis rodillas y... te hablo de un tiempo... tú no habías nacido aún. Aunque apenas tenía un año, balbuceaba ya graciosamente algunas palabras; tenía mucha inteligencia y me conocía muy bien. Y reía; y cuando le veía reir yo, ¡pobre anciano, sentía un sol en el corazón! Yo quería hacer de él un valiente, un vencedor: habíale puesto el nombre de Jorge. Un día... ¡amargo recuerdo! estaba el niño jugando en el campo y... ¡Oh! cuando seas tú madre, no pierdas de vista nunca á tus hijos... ¡Me lo robaron! Unos judíos, una gitana... ¿Para qué? ¡Horror! ¡Para degollarlo en sus aquelarres! Lloro desde hace veinte años, como desde el primer día. ¡Ah! ¡Le amaba tanto!... Era mi reyezuelo; yo estaba loco, ebrio con él, y sentía en mí todo lo que siente un alma abierta al cielo, cuando sus manecicas tocaban mi blanca barba. No he sabido más de él y... el corazón se me parte. Ahora tendría tu edad y tu hermosa frente y sería inocente como tú. ¡Oh! sí. Á veces digo para mí, cuando te miro: «¡Es él!» (Le abraza. Guanhumara aparece en el fondo y observa con cautela.) Por un milagro extraño y piadoso á la vez, tu candor, tu porte, tus ojos, tu voz, todo en ti, recordándome aquel hijo perdido, hace que lo tenga presente y que no lo olvide. Sé tú mi hijo.
Otberto.—Señor...
Job.—Sí, sé mi hijo. Tú, honrado mozo, de oscuro linaje, ya lo sé, y huérfano, pero gran corazón que persigue una noble quimera, ¿sabes lo que quiero decirte cuando te digo que seas mi hijo? Pues quiero decirte... escuchad los dos... que pasar el día al lado de un pobre anciano ya á las puertas del sepulcro, y vivir como en prisión desde la mañana hasta la noche, cuando la moza es bella y buen mozo el galán, sería odioso y hasta fuera del orden natural, si no pudieran por encima del anciano, que bien comprende el juego, mirar y sonreir y hacerse alguna seña. Y digo que el anciano es sensible á vuestro amor; que veo con buenos ojos que os amáis, y os echo la bendición.
Regina y Otberto (con júbilo).—¡Ah!
Job.—Yo quiero acabar de curarte. Tu madre era sobrina mía, y al morir te dejó bajo mi guarda y cuidado. ¡Ay! he visto desaparecer como ella siete hijos, los más valientes acaso; Jorge mi último hijo, mi última mujer y todo lo que amaba. Estos pesares guarda el tiempo á los que viven mucho... Tú, á lo menos, sé feliz. Hijos, yo os uno en el amor, porque Hatto... Hatto deshojaría mi pobre flor querida. Cuando estaba para espirar tu madre, le dije: Muere en paz, tu hija es ya mi hija, y si fuere menester daría mi sangre por ella.
Regina.—¡Oh! ¡Padre mío!
Job.—Se lo juré. (Á Otberto.) Tú, hijo, vé, crece, pelea. No tienes nada, pero yo te daré en dote mi feudo de Kammerberg, dependiente de mi burgo de Heppenheff. Vé, pues, como fueron Nemrod, César, Pompeyo... Yo de mí sé decir que tengo dos madres: mi madre natural y mi espada; soy bastardo de un conde, pero hijo legítimo de mis hazañas. Hay que hacer lo que yo hice... (Aparte.) ¡Ah! Menos mi crimen. (Alto.) Hijo, sé valiente y honrado. Hace ya tiempo que llevo entre cejas este casamiento. Bien puede emparentar el franco arquero Otberto, con Job, franco caballero. Tú dirías para ti: Siempre he de ser ¡qué vergüenza! el perro del viejo león, el paje del anciano conde, sujeto á su lado mientras viva. No; te quiero mucho, hijo; mas por ti, no por mí. ¡Oh! los viejos no son tan malos como se cree. Ea, arreglemos esto. Yo le temo á Hatto. ¡Silencio! Nada de rompimiento aquí; saldría á relucir el puñal. (Bajando la voz.) Mi palacio se comunica con los fosos del castillo, y yo tengo las llaves. Esta noche, con buena escolta, partiréis los dos: lo demás te toca á ti.
Otberto.—Pero...