Job (sonriendo).—¿Rehusas?
Otberto.—¿Cómo he de rehusar, señor, si me ofrecéis el paraíso?
Job.—Entonces, haz lo que te digo. ¡Mucha reserva! Y luégo á la puesta del sol huyes, y quedo yo al cuidado de evitar que te persiga Hatto, y os casaréis en Caub. (Guanhumara, que lo ha oído todo, sale.) Ahora, hijos míos, decidme que sois felices. Yo voy á quedarme solo...
Regina.—¡Padre mío!
Job.—¿Qué será de mí cuando hayáis partido, cuando mis males me abrumen otra vez? Porque, blanca paloma, después de un momento de alivio, el peso recae sobre mí otra vez. (Á Otberto.) Gunther, mi capellán, os seguirá de cerca, y espero que todo salga á pedir de boca. Después volveréis á verme un día. No lloréis... dejadme entero mi valor. Sois felices y... cuando se ama á vuestra edad, ¿qué importa un anciano? ¡Ah! Tenéis veinte años; yo... Dios no puede querer que yo padezca ya mucho. (Á Otberto.) Conque esperadme aquí. Tú conoces bien la puerta ¿eh? Voy á traerte las llaves.
(Sale por la puerta de la izquierda.)
ESCENA V
OTBERTO, REGINA
Otberto.—¡Santo cielo! Todo se confunde en mi turbado espíritu. ¡Huir con Regina, huir de este siniestro burgo!... ¡Oh! si estoy soñando, no me despertéis, por piedad. ¿Conque es verdad, alma mía, que me perteneces? Huyamos sin aguardar á la noche; huyamos desde luégo. ¡Ah! ¡Si pudieras tú saber!... Allá el edén radiante... detrás de mí el abismo. Huyo hacia la felicidad; huyo delante del crimen...
Regina.—¿Qué estás diciendo?