Otberto.—No, no temas nada; huiré... Pero mi juramento ¡gran Dios! Regina, he jurado... ¿Qué importa? Huiré, me escaparé... Dios mío, juzgadme. Ese anciano es tan bondadoso como augusto, y debo obedecerle en todo. Ven, partamos: todo nos favorece y nada puede impedir nuestra fuga.

(Durante estas últimas palabras Guanhumara ha vuelto por la galería del fondo conduciendo á Hatto que ve á los amantes abrazados. Hatto hace una seña y se acercan tras él los príncipes, burgraves y soldados. El marqués les indica los amantes, los cuales no echan de ver nada en su amoroso éxtasis. Al volverse Otberto para salir con Regina, se alza el celoso Hatto ante él. Guanhumara ha desaparecido.)

ESCENA VI

OTBERTO, REGINA, HATTO, MAGNO, GORLOIS, los BURGRAVES, los PRÍNCIPES, GIANNILARO, SOLDADOS, luégo el MENDIGO, luégo JOB

Regina.—¡Hatto!

Otberto.—¡Ah!

Hatto.—Arqueros, prended á este hombre y á esta mujer.

Otberto (sacando su espada y teniendo á raya á los soldados).—Marqués Hatto, sé que eres un infame, un traidor, un impío abominable y bajo. Quiero saber ahora si se encuentra en tu corazón el miedo, fango vil que deja siempre el vicio. Sospecho que eres un cobarde, y que todos estos señores, mejores que tú, van á tener ocasión de verlo. Yo represento aquí, por su elección soberana, á Regina, doncella noble y condesa del Rhin, que á ti te rechaza y me ama á mí. Hatto, yo te desafío á pié con toda suerte de armas, en campo cerrado, sin dilación, sin cuartel, á cara descubierta, á la orilla del río, á donde se arrojará al vencido. Mata ó muere. (Regina cae desmayada y se la llevan sus doncellas. Otberto corta el paso á los arqueros que intentan acercársele otra vez.) ¡Cuenta con dar un paso! Hablo á estos señores. Escuchad todos, duque de Turingia, pendragón de Bretaña, barones y marqueses y burgraves, yo abofeteo á vuestra vista á este barón é invoco aquí para castigarlo el derecho de franco arquero ante vosotros.

(Tira su guante al rostro de Hatto. Entra el Mendigo y se confunde con los circunstantes.)