Hatto.—Te he dejado hablar, y sabe Dios que mi espada tiembla aún en su vaina. Ahora te digo: ¿quién eres tú,... tan bravo? ¿Eres hijo de rey, duque, conde ó margrave para que así te atrevas á retarme? Dime siquiera tu nombre. Pero ¿lo sabes tú tampoco? Te llamas el arquero Otberto. (Á los señores.) Miente. (Á Otberto.) Mientes. Tu nombre no es Otberto. Yo voy á decirte de dónde vienes y lo que vales. Tu nombre es Yorghi Spadaceli. No eres ni siquiera hidalgo. Tu abuelo era corso y eslava tu madre. Mira si te conozco: eres un vil falsario, esclavo é hijo de esclava. ¡Atrás! (Á los otros.) Si alguno de vosotros quiere batirse por él, acepto el desafío, á brazo partido, aquí, en la avenida, puñal en mano y á pecho descubierto. Pero, tú, vil aventurero, escapado de los hierros, vé á tirar tu guante á los criados.

(Le da con el pié al guante de Otberto.)

Otberto.—Marqués Hatto, sé que eres un infame, un traidor, un impío...

Otberto.—¡Miserable!

El Mendigo (á Hatto).—Marqués, tengo noventa y dos años, pero yo os haré frente. Una espada.

(Tira su báculo y toma una espada de una panoplia.)

Hatto (riéndose).—Faltaba un bufón á este paso de comedia, y aquí está ya, señores. ¿De dónde sale tan digno defensor? Hemos pasado del gitano al mendigo. ¿Tu nombre?

El Mendigo.—Federico de Suabia, emperador de Alemania.

Magno.—¡Barbaroja!