(Asombro y estupor. Apártanse todos formando una especie de círculo al rededor del Mendigo, que saca de entre sus andrajos una cruz pendiente de su cuello y la levanta con la mano derecha teniendo la otra sobre la espada hincada en el suelo.)
Mendigo.—He aquí la cruz de Carlomagno. (Pausa.) Yo, Federico, señor del monte en que nací, rey electo de los romanos, emperador coronado, rey de Borgoña y de Arlés, portaestandarte de Dios, profané el sepulcro en que duerme Carlomagno. Pero hice penitencia; he pasado veinte años en el desierto orando y gimiendo de rodillas, viviendo del agua del cielo y de las yerbas de las rocas. Fantasma de que huían con espanto hasta los pastores, el mundo entero me ha creído entre los muertos. Pero oigo la voz de mi patria que me llama y salgo de las sombras á que voluntariamente me había desterrado. Tiempo es ya de levantar la cabeza. ¿Me reconocéis?
Magno (acercándose).—Tu brazo, César.
Mendigo.—¡Ah! ¿buscas la marca del hierro candente que me hizo uno de vosotros? Hela aquí.
(Presenta el brazo á Magno, que lo examina atentamente.)
Magno.—La verdad me obliga á declarar aquí que, en efecto, es el emperador Federico Barbaroja.
(El estupor sube de punto; el círculo se ensancha. El emperador apoyado en la espada les dirige á todos una mirada terrible.)
El emperador.—En otro tiempo me oíais andar por estos valles, cuando la espuela de oro sonaba en mis talones. ¿Me reconocéis, burgraves? Soy el que subyugó Europa é hizo renacer la Alemania de Otón; el que eligieron por juez soberano como buen emperador y buen caballero tres reyes en Marseburgo y dos papas en Roma, y dió, tocando sus frentes con el cetro de oro, la corona á Suenon, á Víctor la tiara; el que derribó el viejo trono de Herman y venció sucesivamente, en Tracia y en Icona, al emperador Isaac y al califa Arslan; el que obligando á Pisa, á Milán y á Génova, y ahogando guerras, gritos, furores, viles traiciones, tomó en su amplia mano la Italia de cien ciudades... Él es quien os habla, surgiendo ante vosotros. (Da un paso y todos retroceden.) Yo supe juzgar á los reyes y batir á los lobos; hice ahorcar á los jefes de las siete ciudades de Lombardía, derrotando las diez mil alabardas que me opuso Alberto el Oso; mis huellas están en todos los caminos; desmembré con mis manos á Enrique el León, le arranqué sus ducados, le arranqué sus provincias, y después hice con sus despojos catorce príncipes. En fin, con mis dedos de bronce y por espacio de cuarenta años desmenucé piedra á piedra vuestros castillos del Rhin. ¿Me reconocéis ahora, bandidos? Vengo á deciros que veo con dolor los males del imperio; que voy á borraros del número de los vivientes y á aventar vuestras infames cenizas. (Volviéndose á los arqueros.) Vuestros soldados me oirán. Son míos y cuento con ellos, que antes de ser de la vergüenza, eran de la gloria, y á mí me servían antes que llegaran tan desdichados tiempos. Muchos de ellos se acordarán de su antiguo emperador. ¿No es verdad, veteranos? ¿No es verdad, camaradas? (Á los burgraves.) ¡Ah! ¡Incrédulos, traidores, opresores de pueblos! Mi muerte os hace renacer. Pues bien, tocad, ved, oíd: soy yo. (Anda á paso largo por en medio de ellos, que se apartan ante él.) Sin duda creéis ser caballeros. Nosotros, diréis, somos hijos de los grandes barones y caballeros, y por consiguiente, lo somos. ¡Lo sois! Vuestros padres, siempre orgullosos, luchaban con nobleza, se ponían en marcha, saltaban los puentes cuyo arco se les destruía, arrostraban el ataque de los piqueros, lo mismo que al escuadrón, hacían frente á todo un ejército, sosteniendo la campaña, y para tomar un castillo sólo necesitaban una escala ó una cuerda de nudos que balanceaba en el abismo á aquellos guerreros más bien demonios que hombres. Si alguien condenaba tales asaltos nocturnos los capitanes desafiaban al emperador á la luz del día en la llanura y esperaban de pié, uno contra veinte, á que saliera el sol y el emperador viniera. Así es cómo ganaban tierras, castillos, ciudades; de tal modo que, después de treinta años de guerra, cuando se buscaba con la vista á los que hicieran tales hazañas, los pequeños eran duques y los grandes, reyes. Vosotros, como los chacales y los quebrantahuesos, ocultos entre los matorrales, viles, mudos, acurrucados, con el puñal en la mano, á orilla de un camino, temiendo que un perro os muerda, espiáis en las sombras de la noche el paso de un viajero ó el cascabel de una mula, y salís ciento para sorprender á un hombre solo. Dado el golpe, huís apresuradamente á vuestras madrigueras. ¡Y os atrevéis á nombrar á vuestros padres! Vuestros padres, audaces entre los más fuertes, grandes entre los más nobles, eran conquistadores; vosotros sois facinerosos. (Los burgraves bajan la cabeza con despecho.) Si tuviérais corazón, si tuviérais alma, os dirían: Sois en verdad infames. ¿Qué momento elegís, señores barones, para hacer tan cobardemente ese oficio de bandidos? ¡La hora en que espira nuestra Alemania! ¡Oh ignominia! ¡Hijos malvados! saqueáis á la madre en la agonía. Anegada en llanto, alza los brazos al cielo, y os dice con voz débil: ¡Malditos seáis! Lo que ella os dice en voz baja, yo os lo digo en alta voz: ¡Malditos seáis! Yo soy vuestro emperador, no vuestro huésped, y entro desde hoy en el ejercicio de mis derechos para castigaros. (Ve á los burgraves Platón y Gilisa y se va derecho á ellos.) Marqués de Moravia y marqués de Lusacia ¡vosotros á orillas del Rhin! ¿Es este vuestro sitio? Mientras estos bandidos os festejan, se oyen relinchar caballos hacia el Oriente, y las hordas de Levante están á las puertas de Viena. ¡Á las fronteras, señores! Acordaos de Enrique el Barbudo, y de Ernesto el Acorazado. Nosotros guardamos la almena; guardad vosotros el foso. (Á Giannilaro.) Y tú, Giannilaro, ¿qué vienes á hacer aquí? Tu cara me repugna. Vuelve á Génova, genovés. (Al pendragón de Bretaña.) ¡Cómo! ¡Bretones también! ¿Qué quiere el señor Other? ¡Todos los aventureros del mundo se han dado cita aquí! (Á Platón y á Gilisa.) Los margraves pagarán cien mil marcos de multa. (Á Lupo.) Tan joven, como perverso. Tú no eres ya nada: queda libre tu ciudad. (Á Gerardo.) La condesa Isabel perdió su condado: el ladrón eres tú, duque de Turingia. Vete á Basilea, donde convocaremos la cámara imperial. Allí, públicamente, andarás camino de una legua llevando á cuestas á un judío. (Á los soldados.) Devolved la libertad á los cautivos y que ellos con sus propias manos pongan sus cadenas al cuello de los burgraves. (Á estos.) ¡Ah! Vosotros no esperabais este fin de fiesta. Con el vaso en la mano cantabais al amor, alegres y dichosos, clavabais las uñas en vuestra presa, desgarrabais á mi pueblo y os repartíais su carne y sangre... De repente, el vengador indignado aparece en el antro inaccesible... el emperador pone el pié en vuestra fortaleza y el águila viene á posarse en medio de los buitres.
(Todos parecen poseídos de terror. Job ha entrado y se ha confundido silenciosamente entre los caballeros. Sólo Magno escucha al emperador sin turbación, y mirándole ahora de arriba abajo dice con expresión de alegría y furor:)
Magno.—Sí, es él... ¡Vivo! (Ábrese paso con ademán formidable entre caballeros y soldados y va al fondo, baja de un salto la escalera de seis gradas y grita con voz tonante en las almenas de la galería:) ¡Triplicad los centinelas! ¡Al torreón los arqueros! ¡Los honderos á los muros! ¡Armad la catapulta! ¡Mil hombres á la quebrada! ¡Mil hombres á las almenas! ¡Soldados! ¡Corred al bosque, arrancad granito y árboles y en este monte que da terror al mundo haced un patíbulo digno de un emperador! (Bajando.) Él mismo se ha entregado, y queda preso en sus mismas redes. (Cruza los brazos y mira al emperador con insolencia.) ¡Te admiro! Pero ¿dónde están los tuyos? ¿Dónde los secuaces del imperio? ¿Oiremos sonar pronto tus clarines? ¿Vas á sembrar en las ruinas de este castillo sal como en Lubeck, ó cáñamo como en Pisa? Estás solo, César, no tienes ya ejército. Sé que sueles hacerlo así, que solo y con la espada en la mano, rompiendo una puerta y anunciando tu nombre, tomaste á Tarso y á Cori; y un paso, un grito te bastó para forzar á Génova, á Utrecht y á Roma; Iconio cedió á tu poder, y la Lombardía tembló cuando á tu soplo infernal vió estremecerse en Milán el árbol de las hojas de hierro. Todo esto sabemos; pero ¿sabes tú quiénes somos nosotros? (Indicando los soldados.) Hace poco hablabas á esos hombres y les decías: ¡Veteranos! ¡Camaradas!... Ni uno se ha movido. Y es que aquí no tienes nada; á mi padre temen y aman y obedecen, porque son del conde Job, antes que de Dios mismo. Sólo el huésped, César, sólo el huésped es sagrado para el bandido; y tú no eres nuestro huésped: tú mismo lo has dicho. (Indicando á Job.) Escucha, este anciano que aquí ves, es mi padre. Él fué quien te marcó con el hierro, y se te conoce mejor por las marcas de la humillación que por el óleo sagrado que se borró ya en tu frente. El odio entre los dos es tan viejo como vosotros mismos. Tú pusiste á precio su cabeza y él puso á precio la tuya. Aquí la tiene ya. Solo y desnudo estás entre nosotros. Federico de Hohenstaufen, míranos bien á todos. ¡Eres digno de lástima! Antes de haber entrado en este círculo de hierro, más te valiera entrar en una cueva de tigres y leones, allá en África.