(Mientras ha hablado Magno, se ha ido estrechando el círculo de burgraves en torno del emperador. Detrás de los burgraves, ha venido á colocarse triple línea de soldados, armados hasta los dientes, por encima de los cuales se alza la bandera del burgo, mitad roja y mitad negra, con un hacha bordada de plata en campo de gules y esta leyenda debajo: Monti comam, viro caput. El emperador, sin retroceder un paso, los tiene á raya. De repente algunos burgraves sacan sus espadas.)

Cadwalla.—¡César! ¡Devuélvenos nuestras fortalezas!

Darío.—¡Devuélvenos nuestros burgos, César!

Hatto.—¡Nuestros amigos por ti sacrificados!

Magno (empuñando su hacha).—¡Has salido del sepulcro! Pues bien, yo te hundiré en él de nuevo. ¡Tiembla, tiembla, insensato, que amenazabas nuestras cabezas!

(Los burgraves con las espadas levantadas dan gritos formidables. Sale Job de entre ellos y levanta la mano. Todos callan.)

Job (al emperador).—Señor, mi hijo ha dicho la verdad. Sois mi enemigo; yo, irritado en la pelea, os marqué en otro tiempo con un hierro. Os odio ciertamente; pero deseo que Alemania sobreviva. La patria se hunde. Señor, salvadla. Yo me postro de rodillas ante mi emperador, que Dios me envía. (Se arrodilla ante Barbaroja. Luégo se vuelve á los príncipes.) ¡De rodillas todos! ¡Á tierra las espadas! (Todos tiran las espadas y se arrodillan, menos Magno.) Vos, señor, sois necesario á las naciones quebrantadas; sólo vos; sin vos, el Estado toca en sus últimos momentos. Todavía hay en Alemania dos alemanes, vos y yo. Los dos bastamos, señor: reinad. En cuanto á éstos, los he dejado hablar. Perdonadlos por sus pocos años. (Ve á su hijo aún de pié.) ¡Magno! ¡De rodillas! (Magno vacila, pero al fin obedece.) En todo tiempo, los barones y los siervos, los cazadores y los labriegos, se han odiado; las montañas han hecho siempre la guerra á las llanuras; bien lo sabéis. Sin embargo, convengo sin esfuerzo en que los barones han hecho mal y las montañas no han tenido razón. (Levantándose. Á los soldados.) Poned en libertad á los cautivos. (Los soldados obedecen en silencio y quitan las cadenas á los presos, que durante esta escena han venido á agruparse en la galería.) Vosotros, burgraves, tomad sus hierros. César lo quiere así. Yo el primero. (Hace seña á un soldado para que le ponga una cadena al cuello. El soldado baja la cadena y desvía los ojos. Job insiste ofreciendo el cuello. El soldado obedece. Los demás burgraves se dejan encadenar sin resistencia. Job, con la cadena al cuello, se vuelve al emperador.) Augusto emperador, míranos como querías. En su propio palacio el anciano Job es esclavo y te ofrece su cabeza. Ahora, si frentes que han resistido la tempestad, merecen clemencia, óyeme. Cuando vayas á combatir á las fronteras, permite que te sigamos; haznos esta gracia. Como fuerza armada, y sin embargo prisionera, conservaremos nuestros hierros; pero ponnos frente á frente de tus enemigos ante los más audaces, los más bárbaros; y cualesquiera que ellos sean, húngaros, vándalos, magiares, por grande que sea su número, nos verás con ese amargo pesar que se trueca en odio, barrer á tu vista esas hordas, sumisos por nuestros hierros, pero héroes por nuestras espadas.

(Avanza hasta el conde Job el capitán de los arqueros del burgo para recibir órdenes.)

Capitán.—Señor... (Job mueve la cabeza con despecho y le indica al emperador, inmóvil y silencioso en medio de la escena. El capitán se inclina profundamente ante el emperador.) Señor...

El emperador (designando á los burgraves).—¡Á las prisiones!