D.ª Sol (Dejando caer la lámpara.)—¡Dios mío! ¡No es su paso!
(Quiere retroceder, pero el rey la detiene por el brazo.)
D. Carlos.—¡Doña Sol!
D.ª Sol.—¡Cielos! ¡No es su voz! ¡Desdichada de mí!
D. Carlos.—¿Qué voz quieres más amorosa? Siempre es la voz de un amante y de un amante real.
D.ª Sol.—¡El Rey!
D. Carlos.—Pide, manda... un reino te ofrezco; porque éste, cuyo amor desdeñas, es el rey, tu señor; es Carlos, tu esclavo.
D.ª Sol (Pugnando por desasirse.)—¡Socorro! ¡Hernani!
D. Carlos.—No te espantes: es el rey quien te tiene, no el bandido.
D.ª Sol.—No, el bandido sois vos. ¿No os da vergüenza? ¿Son estas las hazañas que han de daros fama? ¡Venir de noche y por fuerza á robar una doncella! ¡Ah, mi bandido vale cien veces más que vos! Oíd, rey de Castilla. Si el hombre naciera donde lo eleva su alma, si Dios concediera la jerarquía á la altura del corazón, el rey sería él, y el bandido vos.