D. Carlos.—Señora...
D.ª Sol.—¿Olvidáis que mi padre era conde?
D. Carlos.—Yo os haré duquesa.
D.ª Sol.—Basta. ¡Qué vergüenza! (Retrocediendo algunos pasos.) Nada, nada puede haber entre nosotros, don Carlos. Mi padre derramó por vos su sangre y yo soy doncella noble, y celosa de mi sangre y de mi honor;... soy mucho para manceba y muy poco para esposa.
D. Carlos.—¿Princesa?
D.ª Sol.—Rey don Carlos, id con vuestros amoríos á mujerzuelas dignas de ellos, pues si os atrevéis á tratarme á mí con tal infamia, podré muy bien demostraros que soy dama y que soy mujer.
D. Carlos.—Pues bien, venid á compartir mi trono: seréis reina, emperatriz...
D.ª Sol.—Comprendo la añagaza. Concluyamos: prefiero con mi Hernani vivir errante fuera del mundo y de la ley, con hambre y sed, compartiendo su destino, abandono, guerra, destierro, persecución, miseria, á ser emperatriz con un emperador.
D. Carlos.—¡Cuán dichoso es ese hombre!
D.ª Sol.—Es pobre y hasta proscrito.