D. Ruy.—¿Á cumplir algún voto á la Virgen?

Hernani.—Sí, á la Virgen del Pilar.

D. Ruy.—¡Madre y Señora mía! Menester es no tener alma para olvidar los votos hechos á los santos. Pero una vez cumplido el tuyo ¿no llevas otros designios? ¿Ver el Pilar es todo lo que deseas?

Hernani.—Todo.

D. Ruy.—Bien. Y ¿cómo te llamas, hermano? Yo soy Ruy Gómez de Silva.

Hernani.—Yo...

D. Ruy.—Puedes callar tu nombre, si quieres; nadie tiene aquí el derecho de saberlo. ¿Vienes á pedir hospitalidad?

Hernani.—Sí, ilustre Silva.

D. Ruy.—¡Muy bien venido! Quédate en mi casa y dispón de todo. En cuanto á tu nombre, te llamas mi huésped y basta. Quienquiera que seas, te acojo, que al mismo Satanás recibiría, si Dios me lo enviara.

(Ábrese de par en par la puerta del fondo y entra doña Sol en traje nupcial, seguida de pajes, criados y dos doncellas que traen sobre un cogín de terciopelo un cofrecito cincelado, que dejan sobre una mesa. El cofrecito encierra una corona ducal, brazaletes, collares, perlas y brillantes en confusión. Hernani, jadeante y azorado, mira con fulgurantes ojos á la novia sin escuchar ya al duque.)