D. Ruy.—«Era un Gómez de Silva». Esto dicen cuando en esta mansión ven tantos héroes.

D. Carlos.—Mi prisionero, sin más demora.

(El duque se inclina ante el rey y lo lleva de la mano al último retrato, que sirve de puerta al escondrijo de Hernani, Sol le sigue ansiosa con la vista.)

D. Ruy.—Este retrato es el mío. ¡Gracias, Rey de Castilla! pues queréis que digan al verlo aquí: «Este último, hijo de una raza nobilísima, fué un traidor á su fe, pues vendió la cabeza de su huésped».

(Alegría de Sol. Movimiento de estupor en los circunstantes. Desconcertado el rey se aparta con ira permaneciendo en silencio buen espacio.)

D. Carlos.—Duque, tu castillo me estorba y voy á derribarlo.

D. Ruy.—¿Porque me vengaría tal vez?

D. Carlos.—Arrasaré tus torres por tanta audacia, y cáñamo he de sembrar en tus solares.

D. Ruy.—Señor, más vale ver el cáñamo en el solar de mis torres, que una mancha en el blasón de los Silvas. ¡Sombras de mis mayores! (Á los retratos.) ¿no es verdad?

D. Carlos.—En conclusión, duque, esa cabeza es nuestra y tú me has prometido...