D. Ruy.—Yo he prometido la una ó la otra. (Á los retratos.) ¿No es verdad? Os doy esta (la suya): tomadla, pues.

D. Carlos.—Muy bien, duque. Pero pierdo en el cambio. La cabeza que necesito es la de un joven: muerta, hay que cogerla de los cabellos, y en vano lo intentaría el verdugo con la tuya, que no tiene un puñado por donde asirla.

D. Ruy.—No me afrentéis, señor. Mi cabeza bien vale todavía por la de un rebelde. ¿No es de vuestro real agrado la cabeza de un Silva?

D. Carlos.—Entréganos á Hernani.

D. Ruy.—Señor, ya he dicho en verdad cuanto tenía que decir.

D. Carlos (Á los suyos.)—Registrad todo el castillo sin que os quede por ver torre, rincón ni agujero.

D. Ruy.—Mi castillo es tan leal como yo: sólo él sabe mi secreto y los dos lo guardaremos bien.

D. Carlos.—¡Cuenta que soy el rey!

D. Ruy.—Como de mi castillo, demolido piedra á piedra, no se haga mi sepulcro, no encontraréis lo que buscáis.

D. Carlos.—Ruegos, amenazas, todo es en vano. Duque, entrégame el bandido, ó cabeza y castillo, todo lo derribaré.