D. Carlos.—Elige: tu sobrina ó el rebelde. Necesito uno de los dos.
D. Ruy.—¡Oh! Sois el dueño.
(El Rey se acerca á Sol para llevársela, y la doncella se ampara de su tío.)
D.ª Sol.—Salvadme, señor. (Deteniéndose. Aparte.) ¡Desdichada de mí!
D. Carlos.—Forzoso es. Ó la cabeza de vuestro tío ó la de Hernani.
D.ª Sol.—Antes la mía. (Al rey.) Os seguiré.
D. Carlos (Aparte.)—¡Pardiez! ¡Gran idea! Al fin tienes que ablandarte, hija mía.
(Sol va con paso firme al cofrecito de las joyas y toma el puñal, que esconde en su seno. Don Carlos se le acerca y le ofrece la mano.)
D. Carlos.—¿Qué tomáis?
D.ª Sol.—Nada, señor.