D. Carlos.—¿Alguna joya?
D.ª Sol.—Sí.
D. Carlos.—Veamos.
D.ª Sol.—Ya la veréis después.
(Le da la mano y se apresta á seguirle. Don Ruy que quedó inmóvil y como asombrado, da algunos pasos gritando:)
D. Ruy.—¡Sol! ¡Sobrina! ¡Esposa mía! ¡Ira de Dios! ¡Pues que el hombre no tiene entrañas aquí, derrumbaos en mi ayuda, piedras de mis murallas! (Corre tras del Rey.) ¡Dejadme á mi sobrina! ¡á mi esposa! ¡á mi hija! ¡No tengo más que á ella!
D. Carlos (Soltando la mano de Sol.)—Entonces entregadme el prisionero.
(El duque baja la cabeza y parece que sostiene una lucha dolorosa. Yérguese al fin y mira á los retratos juntando las manos en actitud de súplica.)
D. Ruy.—¡Tened vosotros todos piedad de mí! (Da un paso hacia el escondrijo.) ¡Oh! velaos; vuestra mirada me detiene. (Avanza vacilante hasta su retrato y después se vuelve al rey.) ¿Así lo queréis?
D. Carlos.—Sí.