D. Ruy.—¡Verla!

Hernani.—Á lo menos permitidme que la oiga por la última vez.

D. Ruy.—¡Oirla!

Hernani.—¡Oh! Comprendo, señor, vuestros celos; pero ya en manos de la muerte ¿qué podéis temer de mí? ¿Queréis que la oiga, aunque no la vea siquiera? Y luégo moriré. ¡Oh! ¡Con cuánta dulzura exhalaría el último suspiro de mi vida, si antes de volar al cielo pudiera ver mi alma la suya en sus ojos! No le diré nada: vos estaréis presente y después me mataréis.

D. Ruy (Indicando el escondrijo aún abierto.)—¡Santo Dios! ¿tan profundo es ese albergue, tan sordo y tan perdido que no haya oído nada?

Hernani.—Nada he oído.

D. Ruy.—Ha sido preciso entregar á doña Sol ó á ti.

Hernani.—¿Á quién?

D. Ruy.—Al rey.

Hernani.—¡Estúpido viejo! ¡El rey la ama!