D. Ruy.—Sal. (Sale Hernani, á quien indica el duque las dos espadas.) Elige. El rey está fuera del castillo. Ajustemos, pues, la cuenta pendiente. Elige, pues, y despachemos pronto. ¡Vamos! ¡Tiembla tu mano!

Hernani.—¡Un duelo! No, no podemos batirnos.

D. Ruy.—¿Por qué? ¿Tienes miedo? ¿No eres noble? Noble ó no, para cruzar las espadas, el hombre que me ultraja es harto caballero.

Hernani.—Anciano...

D. Ruy.—Ven á matarme ó á morir, joven.

Hernani.—Á morir sí. Me habéis salvado á pesar mío, y os pertenece mi vida: tomadla pues.

D. Ruy.—¿Tú lo quieres? (Á los retratos.) Ya veis que él lo quiere. (Á Hernani.) Está bien. Ponte bien con tu conciencia y dirige á Dios tus ruegos.

Hernani.—Á vos, señor, dirijo el último.

D. Ruy.—Habla al otro Señor.

Hernani.—No, no, á vos. Anciano, matadme: daga, espada ó puñal, todo es bueno para mí. Mas por piedad, dignaos concederme una gracia suprema. Señor duque, antes de morir permitidme que la vea.