D. Ricardo.—Yo espero que proclamen á Vuestra Alteza.
D. Carlos (Aparte.)—¡Alteza, alteza á mí! Tengo desgracia en todo... ¡Si no pudiera pasar de rey!...
D. Ricardo (Aparte.)—Sea ó no emperador, yo soy ya grande de España.
D. Carlos.—Luégo que hayan elegido el emperador de Alemania ¿qué señal anunciará su nombre á la ciudad?
D. Ricardo.—Un cañonazo, si es el duque de Sajonia; dos, si es el rey Francisco; tres, si es don Carlos de Austria, rey de España.
D. Carlos.—¡Y esa doña Sol!... Todo me irrita y me ofende. Conde, si por casualidad soy yo el emperador, corre á traerla... Acaso quiera un César...
D. Ricardo (Sonriendo.)—Vuestra Alteza es demasiado bueno, y...
D. Carlos (Interrumpiéndole.)—Sobre eso, ni una palabra. Todavía no he dicho yo lo que quiero que se piense. ¿Y cuándo se sabrá el nombre del elegido?
D. Ricardo.—Dentro de una hora, á lo más.
D. Carlos.—¡Oh, tres votos, nada más que tres votos! Pero aplastemos antes esa turba que conspira y veremos después de quién será el imperio. Ese Cornelio Agripa, sin embargo, alcanza mucho con la vista. En el celeste océano ha visto trece estrellas venir del Norte hacia la mía. ¡Bah! También dicen que el abad Juan Tritemo le ha prometido el imperio al rey Francisco. Para asegurar más mi suerte, hubiera debido ayudar yo la predicción con algunos armamentos. Las predicciones del hechicero más listo vienen siempre á mejor término, cuando un buen ejército con cañones y picas, peones y caballos, se presta á mostrar el camino á la fortuna. ¿Quién vale más, Cornelio Agripa ó Juan Tritemo? Sin duda aquel cuyo sistema apoya un buen ejército, y pone la punta de una lanza al cabo de lo que dice, y el tajo de una espada sobre toda dificultad para cortar á gusto del profeta. ¡Pobres locos que alta la frente fijan la vista en el imperio del mundo y dicen: «Es mi derecho»! Muchos cañones tienen cuyo abrasado aliento devoraría las ciudades; tienen barcos, ejércitos, caballos y parece que van á ir hasta el fin sobre los pueblos triturados... ¡Cá! En la gran encrucijada de la fortuna humana, que, antes que al trono, nos conduce al abismo, apenas dan un paso, cuando indecisos é inciertos, procurando en vano leer en el libro del destino, vacilan mal seguros y en la duda preguntan por su camino al nigromante de la esquina. (Á don Ricardo.) Vete. Es la hora en que han de venir los conjurados... ¡Ah! ¿La llave del sepulcro?