D. Ricardo.—Sin embargo, entre ellos ví á dos audaces compañeros, recién llegados, un mozo y un viejo...
D. Carlos.—Sus nombres, su edad...
D. Ricardo.—Ignoro sus nombres; en cuanto á la edad, el uno tendrá unos veinte años...
D. Carlos.—¡Qué lástima!
D. Ricardo.—Y el otro sesenta á lo menos.
D. Carlos.—El uno no tiene aún edad para conspirador, y el otro no la tiene ya. Peor para los dos. Cuidaré de ellos. El verdugo puede contar con mi ayuda, en caso necesario. ¡Oh! Si su hacha se embota contra los traidores, yo le prestaré mi espada, enemiga de las facciones. Si se me obliga, he de coser al paño del cadalso mi púrpura imperial. Pero ¿seré emperador?
D. Ricardo.—El colegio, reunido ya, delibera á estas horas.
D. Carlos.—¿Qué sé yo? Nombrarán á Francisco primero ó al sajón, su Federico el Sabio. Lutero tiene razón; todo va mal. ¡Buenos fautores de majestades, que no aceptan sino razones doradas! Un sajón hereje, un conde Palatino imbécil, un primado de Tréveris libertino. En cuanto al rey de Bohemia, ese está por mí. Príncipes de Hesse, más pequeños aún que sus Estados, mozos idiotas, viejos libertinos, coronas; pero cabezas... que vayan por ellas. Enanos, que podría yo, ¡ridículo concilio! llevar como Hércules en mi piel de león. Me faltan tres votos, conde ¡todo me falta! Por esos tres votos daría yo á Gante, Toledo y Salamanca, tres ciudades á su elección, conde; tres de mis mejores ciudades de Castilla ó de Flandes... para recobrarlas más tarde, por supuesto. Ya lo oyes. (Don Ricardo se inclina profundamente y se pone el sombrero.) ¿Os cubrís?
D. Ricardo.—Señor, me habéis tuteado y soy ya grande de España.
D. Carlos (Aparte.)—Le compadezco. ¡Ambicioso de nada! ¡Qué interesada amistad! ¡Cómo al través del nuestro siguen sus pensamientos! ¡Viles y famélicos mendigos de la corte á quienes el rey echa á migajas la grandeza! Sólo Dios y el emperador son grandes... y el Padre Santo; los demás reyes y duques... ¡Pardiez!