GILBERTO, JUANA

Gilberto.—También debo separarme de ti. Adiós, Juana, duerme en paz.

Juana.—¿No queréis entrar esta noche, Gilberto?

Gilberto.—No me es posible. Ya te he dicho que debo concluir un trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de una daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que la necesita para mañana.

Juana.—Pues entonces buenas noches, Gilberto.

Gilberto.—¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto me cuesta separarme de ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi vida y mi alegría, pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres! No quiero entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos algunos minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será menos difícil irme. Dame la mano. (Se sienta y le coge ambas manos, mientras Juana permanece de pie.) ¿Me amas, Juana?

Juana.—¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé, aunque durante largo tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas había dejado la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace diez y seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me han vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío? Todo lo que tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo.

Gilberto.—Juana, ¿me amas?

Juana.—¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y noche trabajabais para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en vela por mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois tan pobre, procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto, sólo pienso en vos con las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis carecido de pan, y á mí no me han faltado nunca cintas.

Gilberto.—¿Me amas, Juana?