Juana.—Gilberto, os besaría hasta los pies.

Gilberto.—Pero ¿me amas? Con todo eso que me dices, aún no me has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana. ¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola; lo que yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años eres mi hija, y ahora vas á ser mi esposa; te había adoptado; quiero unirme contigo. De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se efectuará nuestro enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste á esto? Hubo un tiempo, recuérdalo bien, en que me decías, mirando al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te amo!» Así es cómo yo te quiero. Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha cambiado en ti, sobre todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me obliga á estar ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque me has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás triste y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y yo conozco que las palabras de cariño no son en ti naturales como otras veces. ¿Qué tienes? ¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre honrado, un buen obrero; pero quisiera ser un ladrón ó un asesino con tal que me amases... ¡Juana, tú no sabes cuánto te adoro!

Juana.—Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro.

Gilberto.—¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es de alegría, porque necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo no soy más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por qué me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu agradecimiento á un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy capaz de condenarme y de cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana, por una mirada tuya daría cuanto tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por un beso mi alma!

Juana.—¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto!

Gilberto.—Escucha, Juana, aunque te rías, te diré que estoy loco y celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á muchos jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y cuatro años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de apuestos y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que atrae á las mariposas. ¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi pensamiento, á ti, tan casta y pura, á ti, cuya frente no han tocado aún mis labios. Sin embargo, paréceme á veces que te agrada en demasía ver pasar el séquito y el acompañamiento de la Reina, y á todos esos señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero que carecen de alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por qué pasan por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos, lord Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh! ¡cuánto aborrezco á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos empuñaduras de espadas, con las cuales quisiera atravesarles el pecho.

Juana.—¡Gilberto!

Gilberto.—Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el amor puede hacer al hombre muy malo?

Juana.—No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto.

Gilberto.—¡Oh! cada día te amo más, y quisiera morir por ti. Bien me correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco... Perdóname cuanto te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío, qué triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave?