Juana.—No, hace días que no sé lo que ha sido de ella.
Gilberto.—Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No olvides que si ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo.
(La besa en la frente y vase.)
Juana (sola).—¡Mi esposo! ¡Oh! no; de ningún modo cometeré ese crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama; mientras que el otro!... ¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor, infeliz de mí!... ¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!... Oigo pasos, entremos pronto.
(Entra en la casa.)
ESCENA IV
GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta la cabeza con un bonete amarillo.—El hombre tiene cogida una mano de Gilberto.
Gilberto.—Sí, te reconozco, tú eres el mendigo judío que ronda hace días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la mano para conducirme hasta aquí?
El hombre.—Porque lo que debo deciros, sólo aquí puede decirse.
Gilberto.—Pues bien, habla y despáchate, porque voy de prisa.