El hombre.—Escucha, joven. Hace diez y seis años, en la misma noche en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la luz de las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique VIII. El tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero, mucho más ocupado en su oficio que en la guerra, trabajaba en su tiendecilla, que es la primera que se encuentra al entrar en el puente de Londres. Serían las dos de la madrugada, poco más ó menos, y cerca de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo silbaban las balas al cruzar el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la tiendecilla, á través de cuya cerradura veíase el resplandor de la luz; el artesano abrió, y al punto entró un hombre á quien no conocía, llevando en los brazos una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El hombre la depositó sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene padre ni madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí. Gilberto, el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella, vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la pobre criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su juventud, sus amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto único de su cariño y afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto, el obrero erais vos; la niña...
Gilberto.—Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es verdad; pero ¿por qué me explicáis esto?
El hombre.—Se me ha olvidado deciros que en los pañales de la criatura había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se leían las siguientes palabras: Compadeceos de Juana.
Gilberto.—Estaban escritas con sangre; he conservado ese papel, y le llevo siempre conmigo. Pero me estáis mortificando... ¿veamos la conclusión?
El hombre.—Es muy sencilla. Ya veis que conozco vuestros asuntos, y por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra casa esta noche!
Gilberto.—¿Qué queréis decir?
El hombre.—Ni una palabra más. Os aconsejo que no vayáis á trabajar; permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy amigo ni enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar.
Gilberto.—¿Qué significa todo esto?
(Aléjase lentamente.)