Fabiani.—Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese cuerpo al agua.

Gilberto.—Haré que os prendan y castiguen.

Fabiani.—He dicho que me ayudaréis.

Gilberto.—Sois muy insolente.

Fabiani.—Creedme, borremos todas las huellas de esto, pues os interesa más que á mí.

Gilberto.—¡Esto es demasiado!

Fabiani.—Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un gran señor, un noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre del pueblo paga su delito con la vida.

Gilberto.—¡Osaríais...!

Fabiani.—Si me denunciáis os denuncio, y yo seré más digno de crédito que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales; para mí la multa; para vos la horca.

Gilberto.—¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi cabeza se extravía... ¡Y el miserable tiene razón!