Fabiani.—¿Queréis que os ayude á arrojar ese cadáver al agua?

Gilberto.—¡Sois un infame!

Fabiani (Gilberto coge el cuerpo por la cabeza, Fabiani por los pies, y le llevan al parapeto).—Sí, amigo mío; no sé con seguridad quién de los dos ha dado muerte á este hombre.

(Desaparecen detrás del parapeto.)

Fabiani (volviendo).—Ya está hecho, compañero. Buenas noches; ya podéis marcharos. (Se dirige hacia la casa, y al volver la cabeza, nota que Gilberto le sigue.) ¡Qué se os ofrece! ¿Es que deseáis algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero tomad. (Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán de negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de parecer.) Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún?

Gilberto.—Nada.

Fabiani.—Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os parece. Estaréis al sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde!

(Se dirige hacia la puerta de la casa y hace ademán de abrir.)

Gilberto.—¿Adónde vais así?

Fabiani.—¡Pardiez! á mi casa.