Fabiani.—¡Vuestro futuro esposo!

La Reina.—Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os amo. ¿Qué más queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros.

Fabiani.—¡María, un momento más!

La Reina.—Ved que es hora de reunirse el consejo. Hasta ahora no ha habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la reina.

Fabiani.—Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á la reina á la puerta.

La Reina.—¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes una hermosa cabeza, Fabiano!

Fabiani.—¡Vos sí que sois hermosa, señora! No necesitaríais más que vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que dice que sois la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en vuestra corona.

La Reina.—Me lisonjeáis.

Fabiani.—Te amo.

La Reina.—¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelve á decírmelo con tu expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no sabemos nunca á punto fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos creer por los ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En los tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse de ojos celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los de un ángel, ó los de un demonio.