Fabiani.—Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre que os ama.
La Reina.—¿Que ama á la reina?
Fabiani.—Que ama á María.
La Reina.—Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero eres joven; hay muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede cansar al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así, tal vez te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo misma lo sé; pero hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que feliz con otra. ¡Dios mío! yo no sé por qué se me quiere representar siempre como una mujer maligna.
Fabiani.—Yo no puedo ser feliz más que á tu lado, María; solo á ti te amo.
La Reina.—¿De veras? Mírame bien para decírmelo. Estoy tan celosa, que á veces me figuro—¿cuál es la mujer que no tiene estas ideas?—me figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de hadas se habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona por esa sortija. Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres jóvenes y hermosas, y á fe mía que fuera una indignidad engañarme.
Fabiani.—¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo engañaros, á vos que sois mi reina y mi amor! Para esto debería ser el más ingrato y miserable de los hombres; y seguramente no os he dado motivo alguno para que lo creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni siquiera mirar á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío! debería haber un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo yo el aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué momento has elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente aquel en que más te amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy. Ahora no hablo á la reina, de la cual me burlo, pues ¿qué podría hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y esto me importa poco; mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No es á Vuestra Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que beso y adoro, no vuestro cetro, señora.
La Reina.—Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero milord, qué joven sois! ¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora cabeza! Volved dentro de una hora.
Fabiani.—¡Lo que llamáis una hora es para mí un siglo!
(Sale.)