Lucrecia.—¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin embargo, es preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me arrastra... ¡Gubetta!
Gubetta.—Señora.
Lucrecia.—Dispón que se lleven á nuestro gobierno de Spoletto las órdenes que vamos á dar.
Gubetta.—Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas ensilladas y otros tantos correos dispuestos á marchar.
Lucrecia.—¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli?
Gubetta.—Sigue en la prisión, esperando á que Vuestra Alteza mande ahorcarle.
Lucrecia.—¿Y Buondelmonte?
Gubetta.—En el calabozo; aún no habéis dado la orden para que le estrangulen.
Lucrecia.—¿Y Manfredo de Curzola?
Gubetta.—Esperando también la hora de la ejecución.