Lucrecia.—¿Y Spadacappa?
Gubetta.—Todavía es obispo de Pésaro y regente de la Cancillería; pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues le han prendido á causa de vuestras quejas, y está bien vigilado en las cámaras bajas del Vaticano.
Lucrecia.—Gubetta, escribe al punto al Padre Santo pidiéndole gracia para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli, Manfredo de Curzola, Buondelmonte y Spadacappa.
Gubetta.—¡Esperad, señora, esperad, dejadme respirar! ¡Cuántas órdenes me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y misericordia! ¡Estoy sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de este diluvio de buenas acciones!
Lucrecia.—Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal que te las pague?
Gubetta.—¡Ah! es que una buena acción es mucho más difícil de hacer que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser misericordiosa ¿qué llegaré á ser yo?
Lucrecia.—Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo y mi más fiel confidente...
Gubetta.—Sí; hace quince años que tengo el honor de colaborar con vos.
Lucrecia.—Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice, ¿no comienzas á comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No tienes sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No se cuentan ya bastantes crímenes?
Gubetta.—Veo que estáis en camino de llegar á ser la princesa más virtuosa del mundo.