Lucrecia.—¿No te comienza á pesar esa reputación de infames, de asesinos y de envenenadores, común á los dos?
Gubetta.—Nada de eso. Cuando paso por las calles de Spoletto, suelo oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum! ese es Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han puesto una infinidad de motes de los más brillantes; pero á mí no me importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos lo expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala reputación, como el soldado del Papa á servir la misa.
Lucrecia.—Pero ¿no comprendes que todos los nombres odiosos con que te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y el odio en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el mundo, Gubetta?
Gubetta.—¡Yo quisiera saber á quién amáis vos, señora!
Lucrecia.—¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no te hablaré de mi padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes.
Gubetta.—No comprendo que se pueda amar otra cosa.
Lucrecia.—Pues hay otra, Gubetta.
Gubetta.—¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de Dios?
Lucrecia.—¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en esta fatal y criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón dotado de elevadas y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del guerrero; si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida, maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa; si no me quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza dolorosamente, más que una idea, una esperanza, la de merecer y obtener antes de mi muerte un poco de ternura y de cariño en un corazón tan intrépido como puro; si no tuviera más pensamiento que la ambición de sentirle latir un día alegre y libremente sobre el mío, ¿comprenderías entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y mi reputación, lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir en una idea de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y sanguinaria que Italia tiene de mi nombre?
Gubetta.—¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy?