Lucrecia.—No te rías. Hace ya largo tiempo que tengo estas ideas y nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de crímenes no se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno y el malo, y paréceme que el primero triunfará al fin.

Gubetta.—Entonces, ¡te Deum laudamus, magnificat anima mea Dominum! ¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace algún tiempo sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes, Vuestra Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de Este, vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como un tortolillo, mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale de Ferrara y va secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un nombre supuesto napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia, Vuestra Alteza tiene á bien separarse de mí, dándome orden de no conocerla, y después asiste á todas las fiestas, á las serenatas y á las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir siempre enmascarada, ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca más que dos palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora! ¿No os parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre, después vuestro traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval llevado hasta el último extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa de esa conducta por parte de Vuestra Alteza?

Lucrecia (cogiéndole vivamente el brazo, y acercándose á Genaro dormido).—¿Ves ese joven?

Gubetta.—Ese joven no es nada nuevo para mí; ya sé que vais en su seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en Venecia.

Lucrecia.—¿Qué dices?

Gubetta.—Digo que es un joven que duerme echado en este momento, y que dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y edificante que acabo de tener con Vuestra Alteza.

Lucrecia.—¿No te parece hermoso?

Gubetta.—Más lo sería si no tuviese los ojos cerrados; una cara sin ojos es un palacio sin ventanas.

Lucrecia.—¡Si supieras cuánto le amo!

Gubetta.—Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro real esposo; pero debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque ese joven, según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada Fiametta.