Lucrecia.—¿Y le ama ella?
Gubetta.—Dicen que sí.
Lucrecia.—¡Mejor! Quisiera verlos felices.
Gubetta.—Cosa singular, y que no se aviene con vuestro proceder. Yo creía que erais más celosa.
Lucrecia (contemplando á Genaro).—¡Qué figura tan noble!
Gubetta.—Yo creo que se parece á...
Lucrecia.—No digas á quién... déjame.
(Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos instantes como extasiada ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que acaban de entrar por el fondo y que la observan.)
Lucrecia (creyéndose sola).—¡Es él! ¡Al fin me ha sido dado contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé tan hermoso! ¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo en este mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es preciso enjugar mis lágrimas.
(Se quita la careta para secarse los ojos. Los dos hombres enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano de Genaro dormido.)