Simón Renard (en voz baja á la Reina).—Vuestra Majestad ha enviado á buscar el verdugo; ahí está.
La Reina.—Bueno, que éntre.
(Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al verdugo vestido de rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada.)
ESCENA IX
Los mismos, EL VERDUGO
La Reina.—¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la Torre! ¡Canciller Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante los doce pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde abriremos el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para pasar la Pascua. (Al verdugo.) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque eres un buen servidor, y ya viejo, que ha visto tres reinados. Es costumbre que los soberanos de esta nación te hagan un regalo, el más rico que sea posible, el día de su advenimiento: mi padre, Enrique VIII, te dió el broche de diamantes de su manto; mi hermano, Eduardo VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me toca á mí. Nada te he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (Señalando á Fabiani.) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana era lo que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien, esa cabeza que ves, yo te la doy!