Fabiani.—¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á este hombre, y una vez que se trata de él, nada tengo que añadir.

La Reina.—¡Confiesa!

El lord Canciller (á Gilberto).—Según la ley normanda y el estatuto veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de lesa Majestad la confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un caso en que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho?

Gilberto.—No ignoro que moriré; pero confirmo mis palabras.

Juana (aparte).—¡Dios mío, si esto es un sueño, es bien horrible!

El lord Canciller (á Gilberto).—¿Consentís en reiterar vuestras declaraciones con la mano sobre el Evangelio?

(Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la mano.)

Gilberto.—Juro por el Evangelio que ese hombre es un asesino; que ese puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta bolsa, suya también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad. ¡Que Dios me asista!

El lord Canciller (á Fabiani).—¿Qué tenéis que decir?

Fabiani.—Nada... ¡Estoy perdido!