Fabiani.—¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar hasta qué punto eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que tú te pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola palabra haces caer dos cabezas, la mía y la tuya!
Gilberto.—Ya lo sé.
Fabiani.—Señores, ese hombre está pagado...
Gilberto.—Por vos: he aquí la bolsa de oro que me disteis para cometer el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra cifra.
Fabiani.—¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal con que ese hombre quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está?
Lord Chandos.—Hele aquí.
Gilberto (á Fabiani).—Es el vuestro; me le disteis para descargar el golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina.
El lord Canciller.—Conde de Clanbrassil, ¿qué tenéis que contestar? ¿Reconocéis á ese hombre?
Fabiani.—No.
Gilberto.—Á decir verdad, sólo me ha visto de noche. Permitidme hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré á recordar. (Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja.) Hoy no reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer seducida. ¡Ah! la reina se venga, pero el hombre del pueblo también; tú me habías retado, según creo; mas hete aquí cogido entre las dos venganzas. ¿Qué te parece, conde?... Yo soy Gilberto el cincelador.