Fabiani.—¿Cuál es mi crimen, señora?
La Reina.—Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois canciller de Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes con los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio. Escuchad, señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra corona: hemos tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el movimiento de Exeter, y que se correspondía secretamente con Isabel por medio de una cifra trazada en un bandolín; después, la traición de Tomás Wyat, que sublevó al condado de Kent; y por último, la rebelión del duque de Suffolk, que fué cogido en el hueco de un árbol después de la derrota de los suyos. Hoy tenemos un nuevo atentado: escuchad todos. Hoy, esta misma mañana, un hombre se ha presentado á mi audiencia, y después de algunas palabras ha levantado un puñal contra mí; pero he detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de Amont se han apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien le ha impelido al crimen.
Fabiani.—¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan horrible! Ese hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se halla?
La Reina.—Está aquí.
Gilberto (saliendo de entre los soldados que le ocultaban).—Soy yo.
La Reina.—En vista de las declaraciones de ese hombre, Nos, María, reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre, Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de regicidio en nuestra persona imperial y sagrada.
Fabiani.—¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi cabeza se trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha dicho la reina?
Gilberto.—Sí.
Fabiani.—¿Yo te he impelido al regicidio?
Gilberto.—Sí.