La Reina.—¡Ni una palabra más, porque estás verdaderamente perdido! Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland, y con esto proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes cuánto te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran cosa es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña de los cuatro mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el patíbulo, Fabiani, podrás dirigir un largo discurso al pueblo como lo hizo Northumberland, ó una ferviente oración á Dios, como Suffolk, para que la gracia tenga tiempo de llegar; pero eres un traidor, y yo te aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese miserable bergante me hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis admirados de que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (Á lord Somerset.) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada á ese hombre.
Fabiani.—Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo que esté probado que engañé ó seduje á una mujer...
La Reina.—¡Y qué me importa que hayas seducido á una mujer! Esos señores comprenderán que á mí me es igual.
Fabiani.—Seducir á una mujer no es un crimen capital, señora. Vuestra Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton por una acusación análoga.
La Reina.—¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se atreve á retarme! El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se te acusa de eso?
Fabiani.—¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni tampoco súbdito de Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del Padre santo. Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que me reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es el mío?
La Reina.—Todos oís la pregunta que ese hombre me dirige; escuchad ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver que me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso. ¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la corte; dejad paso á todo el mundo!
ESCENA VIII
Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte
La Reina.—Entrad, señores, entrad, que hoy me complace verdaderamente veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia, por aquí... más cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la Cámara de los lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien venidos; desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese hombre, que es vuestro prisionero.