La Reina (levantándose y cruzándole el rostro con su guante).—¡Ah! ¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas de la otra! ¡Conque no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer es Juana Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en el cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario del sello privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de Inglaterra reconoce solemnemente á la joven Juana como hija única y heredera del último conde de Waterford. (Mostrando los papeles.) He ahí los títulos y las pruebas, que mandaréis legalizar con nuestro gran sello. Es nuestra voluntad. (Á Fabiani.) Sí, condesa de Waterford, y esto se halla suficientemente probado. ¡Tú le devolverás sus bienes, miserable!... ¡Ah, conque no conocías á esa mujer, ni sabías quién era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas saber algo más? (Mirándole de frente, y en voz baja:) ¡Cobarde, es tu querida!
Fabiani.—Señora...
La Reina.—Ya sabes quién es Juana, y ahora te diré quién eres tú. ¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni talento, un bribón, un miserable!... Eres... señores, no es necesario que os alejéis, pues poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me parece que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había hecho conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en Devonshire! ¡Estaba loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa de que os codeárais con ese hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor! ¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos que están ahí, miserable, y verás que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí tienes á Bridges, barón de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley, que son condes de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de Clinton desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una falsedad; tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de un zapatero de viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de un zapatero de viejo; yo lo sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y aparentaba creer á este hombre cuando hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera que hubiese otras aquí para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable engaña á una y reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que desde que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer!
Fabiani.—Vuestra Majestad...
La Reina.—¡Ese infame, á quien he colmado de beneficios, ese lacayo napolitano, á quien hice caballero y conde libre de Inglaterra! ¡Ah! debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría así; pero yo soy siempre lo mismo; me empeño en una cosa y veo después que he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un hombre de esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves, Juana, á qué hombre te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré! ¡Oh! debías saberlo ya; del bolsillo de un italiano sólo se puede sacar un puñal, y de su alma una traición.
Fabiani.—Señora, os juro...
La Reina.—¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais vuestra vileza hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de esos caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza!
Fabiani.—Sí, señora, la levantaré, aunque vea que estoy perdido y que se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el puñal, el veneno...
La Reina (cogiéndole de la mano y conduciéndole vivamente al proscenio).—¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices, italiano? ¡La venganza traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de tu nación! ¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme pequeña cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la luz del sol, en la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en calles, ventanas y tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que se tenga miedo, que se vea un aparato imponente, magnífico y espantoso á la vez; quiero que se diga: «¡Es una mujer ultrajada, pero también una reina que se venga!» Á ese favorito tan envidiado, á ese gallardo joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y seda, quiero verle ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño negro, con los pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en manos del verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy á poner ahora una cuerda; he visto el efecto que Fabiani producía en un trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso.
Fabiani.—Señora...